Alto, muy alto sobre el mundo, flotaba Alma, una nube de un blanco purísimo.
El mundo abajo, un sueño distante, observaba los ríos fluir, cintas plateadas bajo el sol.
Las montañas se erguían imponentes, vestidas de verde esmeralda y los océanos que se extendían, vastos y azules, susurrando cuentos de lo desconocido.
Alma anhelaba sentir la tierra, ser parte del mundo que observaba desde lejos.
Un día, un viento susurró a través de los cielos, llevaba historias de transformación, de vida más allá del cielo.
Alma escuchó atentamente su corazón lleno de un anhelo desconocido.
¿Podría ella, una simple nube, realmente cambiar su destino?
El susurro hablaba de lluvia, de ríos, del abrazo del océano. Convertirse en agua, nutrir el mundo de abajo.
Alma se encontró con otras nubes. Se arremolinaban y bailaban, contentas con su etérea existencia.
¿Por qué cambiar?, preguntaban, sus voces como seda crujiendo. El cielo es nuestro hogar, para siempre ilimitado y libre.
Pero Alma sentía una atracción diferente. La tierra la llamaba, prometiéndole un tipo diferente de libertad. Una de cambio, crecimiento y propósito.
A medida que Alma se acercaba a la tierra, sintió un cambio en su interior, un hormigueo, una acumulación de energía.
La Tierra se precipitó a su encuentro. Sintió la frescura del viento, la caricia del sol y luego, los primeros dolores de la transformación.
Alma, la nube, ya no existía.
En su lugar, innumerables gotas de lluvia comenzaron su descenso, cada una, un testimonio de su valiente viaje.

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